viernes, 21 de marzo de 2008

LA FOTO EN MI HABITACIÓN

Cuando emerjo por las mañanas de la confusa nebulosa de mis sueños (ora masas gelatinosas que me aprisionan y ahogan, ora plácidos paisajes que sobrevuelo con facilidad gracias a mi sorprendente habilidad para gravitar sin esfuerzo, cual joven y valiente astronauta), lo primero que veo a mi izquierda, bajo la estantería abarrotada de libros y revistas, es una foto de hace mucho, que sólo por superstición conservo. En la estampa aparecemos ella y yo, elegantes y guapos, por que no decirlo, y en apariencia felices y despreocupados, ya que estamos en la boda de una de sus mejores amigas. En la foto yo sujeto una copa y mientras ella ilumina con su confiada sonrisa y brillantes ojos negros toda la estancia, yo, ladino procuro vislumbrar, de reojo, el vehemente empuje de sus pechos contra la tela blanca de la blusa.
La creencia ilógica que me domina consiste en pensar que si alguna vez retirase esa imagen del sitio que lleva ocupando tantos años, el vínculo ya inexistente, para qué nos vamos a engañar, que nos unía, se rompería de forma irremediable y definitiva. Y es absurdo, porque, en verdad, más roto ya no puede estar. Después de años sin siquiera mantener una conversación, pensar otra cosa sólo indicaría que soy mucho más cretino de lo que siempre había barruntado (lo que mi cara de idiota babeante de la foto certifica, por otra parte).
Mi habitación es un paralelepípedo de color amarillo, con un feo, pero útil reloj, confeccionado artesanalmente por la hija de la vecina, situado en frente de mí, al lado de la puerta.
Como Juan Carlos Onetti soy muy vago, y hago gran parte de mi vida en la cama. En la cama leo, duermo, imagino, disfruto y me desespero.
Y la añoro a ella, y más añoro mi vida de antes para siempre perdida, de forma tan absurda como inexplicable.
Tengo un pequeño receptor de televisión en esta alcoba. Todavía ayer me dormí con los melodramáticos avatares de Jane Wyman y Rock Hudson en alguna película del gran Douglas Sirk, en la que ambos sufren muchísimo, pero al final, como por arte de magia, ellos, el jardinero y la dama, superan los múltiples impedimentos, que en forma, en su caso, de hijos caprichosos, egoístas y despiadados, se oponían a su felicidad, y de manera casi inexplicable pueden ver triunfar su amor.
Cuanto he soñado un final así para nosotros
Pero ese final hace mucho tiempo que no es más que una quimera imposible.
Y temo, seriamente, que con el implacable paso de los años, como la copa de dorado champagne que sujeto en la foto, ya bebido y orinado hace tanto tiempo, acabe hasta por olvidar el rostro de la que tanto significó para mí, de la que tanto amé

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