viernes, 21 de marzo de 2008

OLGA ME VUELVE LOCO

A mi admirado Julio Cortázar, sin ánimo de comparación pues siempre saldría perdiendo

A Marcel Proust, creador del genial personaje de Albertina, con el que exorcizó algunos de sus muchos fantasmas.

A Soledad

¡Qué barbaridad! Nada, siempre igual, no, si no se de qué me asombro. Media hora de retraso es lo mínimo. Y lo chiflada que está. Pero siempre me desespera su tardanza. Si a mi no me gusta, ni me atrae lo más mínimo. Y, sin embargo, no puedo quitarme de la cabeza la visión de mis labios depositándose en el hueco exacto y blando que se forma entre su clavícula y su hombro; y mis ojos deslizándose vertiginosamente por la desinencia de su pecho sonrosado. Y no me gusta esta mujer, conste, que está como una cabra, que es impuntual en extremo, que siempre me está metiendo en líos, que es tan poco recomendable, tan caótica, a la que no le conozco las piernas (por calor que haya, siempre con esos malditos pantalones), que ni siquiera es "mi tipo", tan distante, tan remisa al mínimo contacto físico, pero que, no se por qué (yo no le di ningún pie, lo juro) me dedicó aquel poema (lamentable , aunque nunca me atreveré a decírselo, faltaría más) en que insinuaba que me quería, y desde entonces no me la puedo quitar de la cabeza, se me aparece sin parar en mis sueños, y qué sueños, madre mía, no aptos para señoritas finas ni capellanes de los que mojan bizcochos en chocolate; si ella no coincide conmigo en casi nada, y, para colmo, solo come hierbajos (no, si no me cansaré de repetirlo, como una cabra).
Pero ahora estoy en este café esperando desde hace casi una hora, y cada vez que veo una melena negra pasar por delante de los cristales me da un vuelco al corazón y se me ponen unas cosquillas en el estomago...

Ya ha llegado, como siempre ni un beso (en la mejilla, claro, que uno tampoco se atreve a esperar más, y hay que disimular los deseos de bocas devorándose, salivas intercambiándose, manos internándose en los secretos del otro cuerpo, y demás componentes de mis sueños inconfesables). Todo se reduce a un imperceptible movimiento de cabeza a modo de saludo, y a un decepcionante “bueno, me voy que llego tarde a clase”, mientras yo no me atrevo (como siempre) a entregarle el poema que le he dedicado, y decirle, por fin, que ella es mi Albertina particular, y sólo mientras su melena negra a lo Janet Margolin, se dirige ya hacia las escaleras, yo balbuceo un “bueno, ya te llamo”, pago mi café (ella como siempre no ha tomado nada, por lo menos me sale barata), y me dirijo hacia la puerta, imaginando que hoy si me ha besado y me ha dicho que si, que me quería, que era el hombre de su vida, que me deseaba, y que cómo no reservaba una habitación en cualquier hotel, que ella ya iba.

MELANCOLÍA

Pip, pip, pip, piip. Son las ocho de la mañana, las siete en Canarias. Como cada mañana la voz de Francino se derrama por la habitación desde el transistor que está a mi lado
Y me levanto y me voy al gimnasio como cada mañana
Y Silvia, mi rubia y pizpireta fisioterapeuta de ojos azulísimos, que ya se echa sobre mis piernas para facilitarme la correcta realización de los cien abdominales de rigor, divididos en cuatro series de veinticinco: 1...,2...,3...,4..., 5..., al 18 empiezo a notar que me quedo sin aire, y el temor al fracaso se instala en mi mente, al 20 me animo, total pa cinco que quedan, no vas a poder con ellas, vamos hombre, 24..., y 25..., lo conseguí como casi siempre, no se por que me preocupo.
Ahora la rubísima Silvia se va a realizar otros quehaceres por el gimnasio, y yo me quedo tumbado en la mesa recuperándome del esfuerzo, escuchando en el hilo musical ominosas cancioncillas de moda, contando mentalmente hasta 300, que ya he calculado equivale al tiempo exacto que me dejará descansar hasta empezar la segunda serie. Y así todas las mañanas, todos los días.
Y desde allí saludo a otros pacientes que llegan retrasados; a la simpática viejecita que siempre se preocupa por mi salud; a la voluptuosa joven, como me gusta cuando se quita la sudadera, y deja más libre su gloriosa anatomía, que ¡Oh, fatalidad!, parece ignorar que existo; al rebelde y venerable anciano, aquejado de mil achaques, que hace gala de un escepticismo tan sano, como quebrantada parece su salud; a la señora mayor todavía de buen ver que me guiña un ojo, cómplice; al despistado que se ha olvidado apagar el cigarro, y entra buscando un cenicero inexistente; a la alegre pareja joven que lo hacen todo juntos, y que juntos parecen haber compartido un accidente de tráfico, o algo así.
Y ya vuelve Silvia, justo cuando voy por 299, milagrosa precisión la suya; y otra vez a empezar con los dichosos abdominales; se acabaron las ensoñaciones por hoy.
Y ya estoy saliendo del gimnasio, la distancia hasta mi casa es exigua, apenas cruzar la calle; y ya he desarmado la silla, que si no, no cabe en el ascensor; y ya mi padre, abnegado escudero para todo, me insta a levantarme, que si no, no cabemos. Y a comer que grita mi madre, que no se lo que haces en la salita como un pánfilo, mira que horas.
Y llega la tarde, y llega la noche, y pasan los días, monótonos, sin que ella se presente de repente, desafiando al mundo, y me diga, venga, vamos a recuperar el tiempo perdido, vamos solos tu y yo, que la vida es corta, y no me importan ni mi familia, ni tu familia, ni lo que digan unos, ni lo que digan otros, vamos solos, que la vida es un suspiro, y no la hemos disfrutado nada, vamononos, por dios, que no puedo vivir sin ti.
Y ya me toca despertar otra vez, y otra vez volver al gimnasio, y otra vez la pizpireta Silvia, y otra vez los abdominales, y el ascensor, y mi madre, y la comida, y ella que no aparece ni aparecerá, y yo que noto que la vida se me va escapando, inasible, como arena escurriéndose rauda entre los dedos.

PERDEDORES


Daniel A. trabaja por las tardes impartiendo clases de “Introducción al psicoanálisis” para mayores. Como vive en una ciudad cercana se desplaza todos los días en tren. El año anterior ha realizado el mismo trayecto en autocar, pero cansado del desagradable y mareante olor a gasóleo, este año decide efectuar el mismo recorrido en ferrocarril (pierde algún tiempo más, pero se libra del dichoso tufo que le ha llegado a obsesionar). Además en el tren puede estirar las piernas, y observar a su gusto a toda una fauna de seres, que pretende convertir en personajes de esa novela que sabe nunca acabará de escribir (maldita inconstancia). Aunque en los trenes ya no se puede fumar, Daniel, que es un tipo un tanto hipocondríaco, prefiere respirar aire puro y se instala siempre en un rincón de la plataforma, donde sabe que se va a encontrar con los mismos pasajeros de todos los días: Carolina se sube siempre en la primera estación del trayecto, contoneándose con sus caderas rotundas, imponiendo sus andares de diosa, avasallando con su pecho generoso. A Daniel que, aunque es todavía joven, tiene vocación de “viejo verde”, le atrae aquella rubia rozagante, rubensiana, a la que, caballeroso, siempre da la mano para ayudarla a salvar el empinado escalón de acceso al vagón, con la inconfesable esperanza de que se fije en él, mientras se deja envolver por su perfume denso, almizclado, regalándole una de sus mirada azules, o un gracias apenas susurrado con un imperceptible y encantador mohín (si, sabe que su tendencia a enamorarse de todas las mujeres que le sonríen, terminará por convertirse en un problema). Acabará teniendo un papel destacado en esa maldita novela en la que, tiene que reconocerlo a estas alturas, su imaginación se ha atascado.
El “Budy” se sube siempre en la estación siguiente. Bueno, en realidad Daniel sabe que se llama Fermín, pero desde el primer día que ve a aquel joven cuya calva precoz no puede ser disimulada por la melena de rizos pelirrojos que la rodea, le recuerda tanto al famoso cineasta neoyorquino, que desde ese mismo momento, para Daniel, Fermín será siempre el “Budy”. Al “Budy”, Daniel, lo asocia con un ladrón torpe y patético, de esos que dan muy poco miedo y algo de risa (y al que, para colmo, siempre alguien acaba pisoteándole las gafas).
La “ejecutiva” aparece en la penúltima estación antes del destino final. Siempre con prisa, siempre nerviosa, siempre impecable, con su cartera negra, y su abrigo recto que no puede disimular su pequeña estatura. En el rostro la prominente nariz reclama su jerarquía. El peinado se retira en las orejas como si quisiese dejar sitio al móvil del que nunca se separa, y por el que reparte enérgicas órdenes a subalternos invisibles “¡Compra!, ¡Aguanta! ¡Se fastidió, todo a tomar po´l saco, inútiles!
Aunque se conocen de todos los días, raramente hablan: una complicidad silenciosa se ha establecido entre ellos. Daniel sabe que nunca acabará su “novela genial”; Carolina, que no pasará de ser “la cajera que está más buena en el supermercado”; “el Budy” nunca dará el “golpe” que lo jubile joven; y Ana, la ejecutiva, jamás conseguirá el ascenso en el banco, por muchos clientes que engañe con su vana palabrería

EXHIBICIONISMO

Este soy yo, flanqueado por los hijos de mi prima. Aunque no se lo crean son gemelos (algo muy habitual en mi familia) * A mi derecha está Carlos. el "deportista", y a mi izquierda Pablo "el intelectual", según una "gratuita" denominación de su padre.



Como los que seguís este blog ya habréis comprobado al leer a entrada “Filias y fobias de un leproso” soy bastante exhibicionista, y disfruto casi morbosamente imponiéndoos mi propia persona.
Pues bien, con la disculpa de que mi guapa amiga Mary Kate (http://cuentosprescindibles.blogspot.com/) ilustra con una foto suya una entrada de su blog, titulada “Regalo” (fechada el 13 de septiembre), y mi también amigo (no tan guapo, hace lo que puede) Atikus (http://atikus.blogspot.com/) hace lo propio en otra titulada “Soy marxista” (fechada el 19 de agosto), y aprovechando que el otro día mi prima Marite vino por casa con sus niños, con el único objeto de inmortalizarnos a todos en una foto, que luego tuvo la amabilidad de mandarme por correo electrónico, yo, “con todo el morro” y, como me gusta casi enfermizamente exhibirme (a veces creo que me parezco peligrosamente a Sánchez Dragó), y no tenía otra cosa de más mérito que ofreceros, cuelgo esa foto en este rincón, y me quedo tan fresco.

* Como soy hijo único considero a los hijos de mis primos, como si fuesen los sobrinos que nunca podré tener
** En mi familia abundan los gemelos. Mi primo Jorge tiene, en su caso, dos niñas (Sara y Julia). Eran célebres los tíos de mi padre: una pareja de mellizos, ya fallecidos los dos, que se llamaban Gregorio y Gregoria

EL "MEME" DE ANTIGONA

Mi buena amiga Antígona (http://lacoleradeaquiles.blogspot.com/) me ha “embarcado” en una cadena de “memes”. Como le debo un enorme favor (me facilitó el visionado de una película que deseaba mucho ver (la extraordinaria “El dulce porvenir” de Atom Egoyan)), me sobrepongo a mi pertinaz indolencia, y procedo a intentar hacerlo:

Parece ser que la idea de este “meme” partió de escéptico (http://esceptico2007.blogspot.com/) proponiéndole a la citada Antigona, a Ana, y a Arbol, que contasen en un post, en qué se gastaron su primer sueldo.
Como parece que en estas cadenas de “memes” es costumbre no escrita pasarle el “regalito” a otros dos blogs, Antigona nos lo envió a Mandarinada Contraproduent
(http://mandarinadacontraproduent.blogspot.com/)(*), a Gato (http://gatodechershire.blogspot.com/) y a mí, para que relatásemos lo mismo. Mis dos “compañeras” de encargo, lo cumplieron fielmente al poco de haberse realizado, pero yo, que compito en indolencia con el Futuro Bloggero (http://bracecooper.blogspot.com/), y en lentitud con el “Hombre lento” de Coetzee, me he retrasado hasta ahora.
Bueno, después de esta larga introducción que, a qué negarlo, espero me sirva de disculpa, procedo a escarbar en mi memoria en busca del primer sueldo, y a “confesar” que hice con él (aunque me temo que no fui muy demasiado original, precisamente, y quizás decepcione a los que pudieran esperar “maravillas” de mi):

Como la citada Antigona, en primer lugar, tengo dificultades para determinar cuál fue mi primer sueldo.
Si no consideramos imprescindible la presencia de una nómina que “blanqueé” la operación, mi primer trabajo remunerado, se produjo, creo recordar, en la juguetería de unos familiares de un buen amigo mío, al que hace unos años perdí la pista. (De este trabajo, irregular, y por qué no decirlo a estas alturas, inscrito de lleno, en lo que se denomina “economía sumergida” guardo, no obstante, muy buenos recuerdos: Era muy joven, apenas 17 años (aunque mi padre se harta de repetir, orgulloso, que él comenzó a trabajar con 14 años, de aprendiz en la azucarera donde trabajaba mi abuelo, eso si que era duro...)) y, desde luego, lo que más me llamaba la atención esos momentos era la quizás falsa sensación de independencia, el orgullo de ganar por primera vez un dinero con mi trabajo.
Si, por el contrario, la consideramos imprescindible, entonces si que me es más fácil el recuerdo, y la datación exacta: mi primera nómina, completamente conforme a la legalidad, la recibí a cambio de mi desempeño como agente censal en 1990. Me tocó censar el barrio más típico y tradicional de Gijón, Cimadevilla, barrio marinero, cuyas gentes (conocidas por el gentilicio de “playos”), destacan por su humor, generosidad y bonhomía, y, al ser ancianos, en su mayoría (pescadores jubilados, viejas rederas, etc...) agradecían enormemente la ayuda de un joven, e inexperto agente censal, que aprendió de ellos, de su sencillez, de su “cachazuda” humanidad, mucho más que la “sosa” ayuda que él pretendía ofrecerles (en ese intercambio salieron abrumadoramente perdedores mis queridos “playos”, que nunca olvidaré).
Si fuese “políticamente correcto” tendría que relatar que mis primeros ingresos (sean los cobrados conforme a la legalidad, o los obtenidos fuera del control de Hacienda, para el caso da lo mismo), los empleé en algún merecido regalo para mi abnegada madre, o en sufragar los estudios de ese hermano pequeño que nunca tuve.
Pero como detesto profundamente este concepto de la “corrección política”, confesaré sinceramente que, para “mi vergüenza”, las todavía pesetas que ingresé por cualquiera de los dos trabajos, se fueron casi íntegramente en vinos que me tomé con mi novia de aquel entonces, en noches sucesivas de desenfreno en un hotel de medio pelo, con la misma persona, y en poco más, pues ninguno de los dos sueldos (el irregular, y el perfectamente ajustado a la legalidad) daba para demasiados “lujos” ¡Qué poco dura el dinero cuando uno es joven e inconsciente!
Pero diré que el “alocado” gasto mereció la pena en última instancia, que poder tener entre mis brazos a aquella hermosa y rozagante mujer, que disfrutar de aquellas carnes, abundantes y jóvenes, que conocer los secretos del amor en aquellas circunstancias, me sigue pareciendo el dinero mejor empleado de mi vida.
Nunca me arrepentiré, ni encontraré mejor destino para el fruto de unos juguetes vendidos a niños caprichosos (o a sus madres, más caprichosas y malcriadas todavía) o de unos impresos censales pacientemente recogidos y clasificados.

Con esto, chapuceramente, ya lo se, creo haber cumplido el encargo de Antigona, y como es tradición no escrita en el “mundo blogger” se lo paso a mis amigos Mary Kate (http://cuentosprescindibles.blogspot.com/) y Futuro Bloggero (http://bracecooper.blogspot.com/), como “premio” por haber llegado a dudar de mi “capacidad” para vencer la pereza, y cumplimentar este encargo. ¡Ala! ¡A chincharse!, y os advierto que estaré vigilando vuestros “blogs” por si pretendéis “escaquearos”.


nota: mi incompetencia “cibernética” se demuestra en mi incapacidad para realizar los enlaces directamente con el nombre del usuario del blog, por lo que me he tenido que inventar este sistema de paréntesis.
La desaparición, todavía espero que no definitiva, de mi “mentor” en este mundo, Pazzos (http://pazzos.blogspot.com/), no me ha ayudado demasiado, precisamente.
(*) Este “desarreglo” en la uniformidad del párrafo no se a qué se debe. Considérese también otro ejemplo de mi impericia informática.

REFLEXIONES SOBRE UN SUICIDIO

Xirinacs, un "iluminado" honesto y consecuente hasta el final

A mi padre, también un hombre honesto, ante todo (1)


En torno a la muerte de Xirinacs



Anoche volví a no dormir bien: Demasiado calor, el maldito dolor de muelas, los graznidos de las gaviotas, el zumbido de un estúpido mosquito que se había quedado atrapado entre el visillo y el cristal de la ventana, en fin, como ya señalaba en mi anterior entrada, se juntaron los condimentos ideales para poner en marcha mi siempre limitada creatividad, con la que me atrevo a colmar otra vez su paciencia.
Un suceso del que me había enterado a la hora de comer, puso en marcha mi habitualmente perezoso cerebro: una figura de mi infancia se había suicidado, según todos los indicios: el cuerpo sin vida del ex- senador y ex-sacerdote Lluis María Xirinacs había aparecido en un bosque de Girona. El cadáver portaba una nota de despedida, en que señalaba su decepción con la evolución de la política catalana en los últimos tiempos: “Una nación nunca será libre si sus hijos no quieren arriesgar su vida en su libertad y defensa. Amigos, aceptad este final absoluto de mi contienda, para contraponer la cobardía de nuestros líderes, masificadores del pueblo. Hoy mi nación acontece soberana en mí. Ellos han perdido un esclavo. ¡Ella es algo más libre, porque yo soy en vosotros, amigos!" (2).
Este suicidio de alguien más próximo a mí de lo que pueda parecer (mi padre, que tiene un año menos, siempre le mostró a este cura rebelde una enorme admiración), me recordó otro suicidio, este sí más cercano a mi, en todos los sentidos.
Cuando yo tenía 14 años mi tío Eladio, el más joven de los hermanos de mi madre, decidió quitarse de en medio por el expeditivo método de colgarse de uno de los árboles de su pequeña huerta. En mi familia hablar de la muerte del tío Eladio siempre ha sido tabú. Sin embargo, yo, quizás en mi inocencia todavía casi infantil, me sentía orgulloso de que un miembro de mi familia hubiese tenido el valor de “hacer mutis por el foro”, en el momento en que percibió que su vida había llegado a un “callejón sin salida”.
Yo, que, como sabéis, soy un inválido, defiendo la libertad absoluta de cada individuo a disponer de su propia vida como crea oportuno, y por las razones que cada cual estime convenientes, sin cortapisas de orden supuestamente moral o, menos aún, religioso.
Nadie puede pretender inmiscuirse en la más íntima individualidad del “otro” para imponerle una vida que, por las razones que sean, no quiere vivir. Eso me escandaliza, y me parece un auténtico “crimen contra la humanidad”.
Yo, confieso que, en los peores momentos de mi vida, los posteriores a mi accidente, cuando comprendí que no volvería a caminar, y lo que es peor, una parte de mi vida se había acabado para siempre, acaricié morbosamente la idea del suicidio y, que si no lo acabé de llevarla a cabo, fue, más bien, por falta de valor, por el vértigo ante lo irreversible, o como dice mi amiga Emilia, por mi insaciable curiosidad, ¿Cómo me iba a enterar de lo que ocurre en este absurdo y hermoso mundo, si no estaba presente?
(1) Mi padre se ha escandalizado ante el escasísimo eco que ha tenido esta trágica noticia en la mayoría de los medios de comunicación de este olvidadizo país, lo que, en buena medida, me ha impulsado ha realizar esta entrada, que le dedico.
(2) Una muestra del "grandioso"fanatismo del personaje. Con razón Jordi Pujol se refería a él en los siguientes términos: “Era un profeta que quiere a su pueblo, y por eso lo fustiga. Se podría decir que nos ha fustigado durante muchos años, y con su muerte también nos fustiga”.

FILIAS Y FOBIAS DE UN "LEPROSO"

Al maestro Luis Buñuel

En mi adolescencia, tendría 15 o 16 años, descubrí abandonada en la biblioteca de mi tía, la breve y sustanciosa autobiografía de Buñuel titulada “Mi último suspiro”.
Me impresionó, sobre todo, el capítulo titulado “Me gusta, no me gusta”, en el que el “maestro de Calanda” desgrana sus muchas filias y fobias, en un catálogo con el que ya entonces tenía abundantes coincidencias que se han ido incrementando con los años.
Mucho más recientemente, he descubierto en el blog de los pasos que no doy (http://lospasosquenodoy.blogspot.com/) que su creadora había realizado una entrada que parecía inspirada en este juego que, en realidad, pusieron de moda los surrealistas a principios del pasado siglo XX.
Como desde que leí la autobiografía de Buñuel quise hacer algo así, pues ahí va mi particular catálogo de “filias” y “fobias”, que, naturalmente, tiene, en ocasiones, poco de racional, y mucho de “ajuste de cuentas” más bien dejado al instinto.
Bueno, tras este ya demasiado largo preámbulo, voy a la materia sin más dilaciones.
Será, como en la citada autobiografía de Buñuel, una exposición un tanto caótica.

En fin, vamos allá:

Me gustan, por encima de todas las cosas, las mujeres: altas, bajas, gordas, flacas, morenas, rubias, viejas, jóvenes (aunque ya puestos, las prefiero morenas, y con formas, no me disgustan los kilos, y con suficiente edad para que puedan mantener una conversación inteligente). Me eduqué en un colegio masculino, y no tuve hermanas (bueno, ni hermanos), y eso, quizás convirtió a la mujer, para mi, en alguien misterioso y desconocido, y, por tanto, deseable.
Relacionado con esta obsesión, no comprendo muy bien la heterosexualidad femenina, una opción tan respetable como la otra, y que me beneficia (mucho), pero que cae en lo irracional (lo único que el hombre le puede aportar a la mujer es un puñado de espermatozoides para perpetuar la especie, y, quizás ha llegado el momento de preguntarse, ¿es esto realmente imprescindible? ¿Merece la pena salvaguardar una especie tan destructiva y fagocitadora como la nuestra? (1)
Me gusta mirar (creo que de ahí viene mi desmesurada afición al cine). Si el accidente que me dejó en una silla de ruedas me hubiese privado de la vista, habría preferido morir (aunque por experiencia se que todo se puede superar, menos la muerte, claro, que es lo único irreversible).
Me interesa el Barroco en todas sus manifestaciones.
Relacionado con ello, adoro a Rubens (de hecho, mi despertar sexual vino determinado por el tomo de una enciclopedia de Historia del Arte, dedicado a este maestro flamenco).
Por tradición familiar, me considero de izquierdas. De hecho sigo votando religiosamente a Izquierda Unida, más por cuestión de fé o de rutina, que porque racionalmente me parezca la mejor opción (racionalmente la mejor opción es siempre la abstención, o el voto en blanco, como mucho, salvo en casos de excepción como el 14 de marzo cuando las estúpidas mentiras del gobierno de entonces superaron ya todo lo soportable).
Soy republicano. Soy ateo. Monarquía y democracia me parecen tan incompatibles como fé y razón. La fé, con la intolerancia que le es inherente, ha causado enormes males a la humanidad (sí, para escándalo de los jerarcas de la iglesia católica caigo de lleno en el "relativismo moral". ¿Pasa algo?) (2)
Me gusta la comida con sabores fuertes: los embutidos, las carnes a la parrilla, etc... (Pero la gastronomía tampoco es algo que me quite el sueño); como, debido a mi pésimo oído, tampoco me lo quita la música (gastronomía y música son dos graves carencias en mi formación, de las que NO estoy orgulloso, precisamente). Aún así, en música también tengo mis preferencias, pese a mis enormes limitaciones: Bach, Wagner, Bernard Herrmann, Nino Rota, Dvorack, Leonard Cohen, REM...(3)
Detesto profunda e irracionalmente los kiwis (conste que no tengo nada contra Nueva Zelanda, remotísimo país que dudo alguna vez llegue a conocer).
Aunque pueda precer extemporaneo y ridículo, no me gusta comunicarme por teléfono: mantener una convesación con alguien sin verle la cara me pone nervioso. Si, por ejemplo, llamo a alguien y me contesta una máquina (contestador automático, creo que se llama ese "invento del demonio"), cuelgo inmediatamente -irracionalmente esta "fobia" no se extiende a los correos electrónicos o al "messenger", pero ya he advertido previamente que esta lista tendría poco de racional-.
Tampoco, desde niño, soporto las "estatuas humanas" callejeras. De pequeño me daban miedo (con sus rostros maquillados e inexpresivos, como muertos en vida) ; ahora, ya no me atemorizan, sino que eso de quedarse muy quieto, poniendo cara de "panoli", me parece simplemente una forma muy estúpida (aunque supongo que no fácil) de ganarse la vida.
No me interesan, en general, los deportes (pongo en duda, incluso, su pretendido efecto beneficioso para la salud, no hay mas que hecharle un vistazo a las páginas de la prensa deportiva, tan parecidas a un tratado médico, en el que se enumeran las lesiones de los nuevos ídolos en que se han convertido las "estrellas del deporte").
En la misma línea no soporto a la prensa deportiva, tan parecida a la llamada "prensa del corazón". Me asombra cómo en uno y otro caso se pueden llenar páginas y páginas, hablando de la nada más absoluta.
Tampoco me gusta demasiado el machacón bombardeo publicitario al que inevitablemente se ve sometida nuestra sociedad. Me parece estúpido y de mal gusto. He llegado a odiar a ING direct (además le tengo manía al color naranja), y al "tinto de verano Don Simón, tinto de verano p´al calor, tinto de verano,¡qué sabor!" ¡Fiesta,Don Simón! (apago la radio cada vez que, a traición, me asaltan con la cancioncilla de marras).
Recuperando el primer punto, de entre las mujeres, tengo debilidad por el tipo de actriz italiana de los años 50 y 60, caderas anchas, pecho generoso, (Sofía Loren, Silvana Mangano, y, más recientemente Laura Antonelli o Stefania Sandrelli, e, incluso, recientísimamente, y salvando las distancias, Maria Grazia Cuccinotta).
Detesto, sin embargo, la ficticia belleza estereotipada de "modelo de pasarela". Me gustan los rostros con personalidad, que no se atienen al modelo imperante (entre los primeros citaría como ejemplos a Nicole Kidman, o Penélope Cruz, que, encima comparten una relación en su biografía con un personaje tan antipático y ridículo como Tom Cruise; entre los segundos citaría a Juliette Binoche o Julianne Moore, dos de las mejores actrices de la actualidad)
Respeto, y admiro a Fernando Fernán-Gómez, polifacético artista español (actor, dramaturgo, cineasta, ensayista). Este "cascarrabias" impenitente me ha inspirado siempre una enorme simpatía, y una habitual coincidencia de opiniones.
No me gustan nada, lo que se dice nada, la incoherencia, la doble moral y la hipocresía; Aunque, ya sabeis, "Quien esté libre de pecado, que tire la primera piedra...")
Me dan miedo los que no dudan.
La duda es la hermana gemela de la razón, y el antídoto ideal para el totalitarismo.
Detesto a los que tienen las cosas demasiado claras, y no dudan en imponer esta falsa "claridad" a los demás (la Historia esta llena de ejemplos: Hitler, Franco, Stalin, Juan Pablo II...).
Detesto las banderas(pintureros trapos cuya única utilidad sería sustituir al papel higiénico en caso de" apretón"), las patrias (todas, a diferencia de respetables filósofos como Gustavo Bueno o Fernando Sabater, que salvan de este aborrecimiento a la suya; yo no tengo patria, o la desprecio tanto como a cualquier otra) y los desfiles militares (estúpidos e infantiles espectáculos que, además, arruinan el erario público)
Detesto, también, y sin demasiadas razones explicables a Robim Williams (histriónico y lamentable actor americano que estropea cada película en la que interviene), a Tom Cruise (mal actor al que creo que, además, "le falta un tornillo), a Sting y U2 (no soporto a los "progresistas de chichinabo" como ellos).
Detesto, igualmente, el "blandi-porno" de los años 70 y 80 (películas como la saga de Enmanuelle o "La historia de O" me dan tantas nauseas como un chicle de fresa) (6)
Sin embargo, no desprecio en absoluto la pionera producción "porno" de esa misma época(películas como "Tras la puerta verde" o "El diablo en la señorita Jones", me parecen, dentro de los límites de su indigencia industrial, valientes, divertidas, y muy diferentes al aburrido "mete-saca" en que se ha acabado convirtiendo este género tan desaprovechado, sobre todo desde que su exhibición se ha visto practicamente reducida al vídeo).
Prefiero una voz grave, aunque llegue a ser algo “cazallera” (por ejemplo la de Charo López) que una ridícula vocecilla aguda y aflautada (como por ejemplo la de Penélope Cruz, sobrevaloradísima actriz que, ni decir tiene, no soporto)
Sin pretender ser original, y como excepción a las italianas, yo también considero a Ava Gardner el “animal más bello del mundo”, y no sólo por su físico espectacular (Su biografía personal, excesiva y desprejuiciada, me ha subyugado enormemente desde siempre).
Otra excepción, más cercana en todos los sentidos, es "nuestra" Leonor Watling, bellísima mujer, excelente actriz y formidable vocalista con su grupo "Marlango". ¿Quién, en sus cabales, no se ha acabado enamorando de esta mujer ?¿A quién, por ejemplo, no le gusta el chocolate?
Hablando de excesos, como Buñuel, adoro al Marqués de Sade, un ilustrado que está bastante lejos de la caricatura de látigos y capuchas con la que habitualmente se le caracteriza. Su obra cumbre, “Las 120 jornadas de Sodoma” es una “anti-novela” genial, sobre la ruindad del ser humano, que por momentos se hace muy difícil de soportar, pero que enriquece nuestro pensamiento, y nos retrata con toda la crudeza que merecemos.
Desde pequeño, me han atraído (y repelido, a qué negarlo) los “diferentes”, los “inválidos”, los “raros”, los que tenían alguna característica peculiar, los políticamente incorrectos, los que no se atienen al canon de belleza establecido en los catálogos de cirugía estética, que detesto. Naturalmente, al verme convertido, inesperadamente, en uno de ellos, este ambiguo interés infantil, se convirtió en una obsesión.
Me gusta el roce de una piel ajena. El simple contacto con una temperatura diferente de la mía me causa, sin más, un gran placer.
Me gustan las arrugas, señal de que su poseedor, o poseedora, ha vivido mucho, y, por lo tanto, atesora abundante sabiduría.
Detesto las gaviotas, sobre todo desde que han emigrado desde el mar a los vertederos de basura, con que rodeamos nuestras ciudades: me parecen un animal sucio, estruendoso, y estúpido (que el PP las haya escogido para su logotipo no contribuye a mejorar esta opinión, precisamente).
Aborrezco el ruido, las voces sin sentido, los graznidos.
Me gusta el chocolate, todo lo que lleva este manjar, pasa a formar parte, sin más, de mis preferencias.
También he comprobado que me encanta todo lo que procede del cerdo: jamones, chorizos, la carne que rodea las costillas. En fin, que el cerdo, al contrario que la gaviota, me parece un animal muy simpático al que los humanos deberíamos erigir un monumento. ¿Se han fijado en el gran parecido que guarda con nosotros? ¿O será sólo una sugestión mía?
Como ya he señalado en un post anterior, si tuviese que quedarme con una película (tendría que ser bajo tortura, me costaría horrores despreciar tantas y tantas) esta sería “Vértigo” del gran Hitchcock, ni que decir tiene, mi director preferido (4).
Si tuviese que elegir un libro, elección aún más traumática y difícil, si cabe, sería “En busca del tiempo perdido”, monumental autobiografía encubierta, en la que Marcel Proust reinventó el arte de narrar.
Sin embargo, tengo que confesar, quizás para mi vergüenza, que nunca he podido acabar el “Ulises” de James Joyce, que me resulta farragoso, y, por momentos, decididamente incomprensible (5).
Desde pequeño me aficioné a la lectura, pero después de mi accidente, esta afición se convirtió en obsesión: como dispongo de todo el tiempo del mundo, y tampoco tengo capacidad para hacer muchas más cosas (no sólo los deportes se han acabado para mi, confieso que tampoco los hecho mucho de menos, si no también los largos paseos en bicicleta a la orilla del mar, que tanto me gustaban), leo compulsivamente, devorando tomo tras tomo: aunque mi biblioteca privada tenga ya un tamaño respetable, mi compulsión lectora me lleva a frecuentar varias de las públicas, en busca de libros que quiero, necesito leer (esto se ha convertido en una adicción, y corro el peligro que se me escape de las manos).
No me gustan las pipas, los caramelos o los chicles: su ingestión me parece una manera infantiloide de hacer pasar el tiempo. Claro, que los aficionados a estos “manjares” tienen todo el derecho de decir lo mismo de mí, en relación a mi desmesurada afición bibliófila y cinéfila.
Me fascina Proust, ya lo he dicho; pero si tuviese que enumerar toda la literatura que me interesa, este post se alargaría hasta casi el infinito. Mi pasión por los libros, al igual que por el cine, no tiene límites.
Detesto, y me aterran, los dolores de muelas que, con frecuencia, no me dejan dormir. ¡Cómo me identifico entonces con la canción de Sabina “Como un dolor de muelas”, Sabina, por cierto, otra de mis preferencias musicales, ¿o habría que decir, poéticas?.
Sin embargo esas noches en blanco, incómodas, siempre demasiado largas, no son tan deleznables, pues de ellas suelen surgir estos “entretenimientos”. ¿O, como suele ser habitual en mi, sí lo son, y me dejo llevar por mi ego sin medida?
En fin, eso ustedes juzgarán.
Aunque por el tamaño que está adquiriendo esta entrada, ya les percibo removerse en sus asientos, y exigir que lo vaya dejando, con un “cállate ya, pesao”.
(1) Se que alguno de mis amigos, reales o virtuales, como pazzos(http://pazzos.blogspot.com/) entre los primeros o Horrach(http://horrach.blogspot.com/), entre los segundos, no compartirán estas afirmaciones, pero mi devoción hacia la mujer está, incluso por encima de la amistad. Que me perdonen.
(2) Al principio de la entradada, ya señalo el carácter caótico de esta enumeración. A veces me olvido de puntos esenciales, como este, y me tomo la libertad de recuperarlos "a posteriori".
(3) Para mis escasas y, quizás infundadas, preferencias musicales, remito a mi perfil.
(4) Ver mi entrada anterior, "Surgida del Averno".
(5) Aunque con titánico esfuerzo, conseguí extraerle, algunos momentos de enorme talento, pero no fui capaz a acabarlo, reconozco (la literatura, desligada del placer lector puede convertirs e en una tortura).
(6) A raiz de ir masticando estúpidamente uno de estos chicles, mientras recorría en autobus un trayecto plagado de curvas, cuando tenía 7 años, el simple olor de la fresa, me produce, desde entonces nauseas.
(7) y última: Creo que ya puedo dar por finalizada esta entrada, que me ha tenido ocupado todo el mes de Agosto. Quien haya tenido la paciencia de leer tan egocéntrica y exibicionista "aportación", me conocerá un poco más, aunque quizás haya caído en la cuenta de que no merece la pena demasiado. De todas maneras, muchas gracias a quienes hayan tenido la paciencia de soportar tan tremendo "rollazo" hasta el final. PUNTO FINAL.

RETRATO DE UNA "DECEPCIÓN"



Sobre la película “Retrato de una obsesión”

Cuando me enteré que se había realizado una película inspirada en la vida de Diane Arbus, me propuse verla en cuanto pudiese (1). Considero a la fotógrafa neoyorquina Diane Arbus (1923-1971) una de las miradas más lúcidas y perturbadoras de la Historia del Arte del siglo XX.
Sin embargo, la película, de la que tanto esperaba, acabó por convertirse en una gran decepción (suele ocurrir cuando te creas unas expectativas tan altas, que no se acaban cumpliendo).
Arbus fue una retratista de excepción. Su “material” eran los seres humanos diferentes, los distintos, los imperfectos, los inválidos de todo tipo y condición, los que componen la cofradía de los “leprosos” (2) en el sentido que le da Jack London a esta palabra en el extraordinario cuento que da título a este blog.
Desde luego, por las fotos que conozco, Arbus no era el prodigio de belleza y elegancia que pretende ser siempre Nicole Kidman (era más bien una mujer normal, ni muy fea ni muy guapa, por lo que, para empezar no parece una elección demasiado brillante). Pero cuando la película patina, chirría, y se acaba convirtiendo en una enorme decepción, es al abordar con desmesurada cobardía la relación entre Diane Arbus (Nicole Kidman) y Lionel, que sólo puede fructificar tras someter al monstruo peludo,(3) a un rápido y poco creíble afeitado total, por el que un monstruo, se convierte en un santiamén en el guapo Robert Downey Jr.
Para todos los inválidos, raros y “diferentes” esta es una solución insultante, resuelta además chapuceramente, como con prisas, y una falta de tacto lamentable. Esta parte final, infantil, absurda, arruina lastimosamente toda la película.
Elevo a quien sea mi más enérgica protesta: ¿Es que no puede un inválido conquistar el corazón de una belleza? (y quiero dejar constancia, además, de que Nicole Kidman NO es mi tipo: demasiado alta, demasiado guapa, demasiado perfecta, demasiado irreal, en suma), y a mi me gustan (y mucho) las mujeres de carne y hueso, no tanto los estereotipos, las mujeres que parecen “de mentira” (4)


(1)En mi ciudad, Gijón, solo se proyectó en los multicines Yelmo-cineplex, donde son conocidos los problemas de accesibilidad a los usuarios de silla de ruedas, por lo que tuve que verla por el drástico método de bajarla con el e-mule, lo que no garantiza el mismo visionado que en el cine, y puede haber condicionado mi opinión.
(2) “Koolau el leproso” de Jack London. Editorial Libros del zorro rojo. Barcelona, 2006
(3) Se supone que Lionel (Robert Downey Jr) padece hipertricosis, una extraña enfermedad genética caracterizada porque el pelo crece de forma generalizada, y desordenada por todo el cuerpo.
(4)Puede aplicarse igualmente al revés: si el “monstruo” fuese mujer y el “fotógrafo” un hombre; es una ley matemática que el orden de los factores no altera el producto

SURGIDA DEL AVERNO

Scottie (James Stewart) entre Madeleine y Judy (Kim Novak por partida doble) en un foto-montaje promocional de la película.


Algunas consideraciones sobre la genial película del maestro Hitchcock, “Vértigo”.

Ninguna “resurrección” tan fantástica, tan turbadora, tan desesperadamente romántica como la de Judy (Una Kim Novak en el cenit de su belleza) cuando sale del baño del hotel transformada en Madeleine, satisfaciendo así la enfermiza obsesión de Scottie (un James Stewart tan ajustado como siempre) en ese inigualable artefacto cinematográfico ideado por Alfred Hitchcock en 1958, y conocido indistintamente como “Vértigo” o “De entre los muertos”. Para mí esta película genial, de infinitas lecturas, es la culminación del cine de Hitchcock, y si alguien pretendiese de mí la descabellada exigencia que eligiese una sola película en la historia (yo, venciendo mi racionalismo que le impide una elección tan traumática a un cinéfilo, y ya que, como he dicho en alguna otra ocasión, también soy de “filias y “fobias”, de adhesiones entusiastas y rechazos viscerales) me quedaría con ella.
“Vértigo” es una película suficientemente conocida, así que no perderé el tiempo en recordar su argumento, basado en una novelita de Boileau y Narcejac, que Truffaut en su libro-entrevista con el maestro, se empeñaba en que había sido escrita específicamente para la película, a través de un encargo de la productora.(1). Hitchcock se resistía, por su parte, a confirmar esta especie en la misma entrevista, por cierto(2).
Mucho se ha hablado, y fabulado, sobre las circunstancias que rodearon al film: que si es un postrer homenaje del maestro Hitchcock a su actriz preferida, Grace Kelly, que se acababa de casar con Rainiero de Mónaco, abandonando el cine; que si Hitchcock plasma aquí su nunca confesado amor a la actriz perdida y ya irremediablemente inalcanzable; que si el proceso de transformar a Judy (una Kim Novak pelirroja, y de rasgos exageradamente vulgares) en Madeleine (la misma Kim Novak teñida en rubio platino, y con rasgos lo más estilizados posibles) es una metáfora del intento imposible del maestro de transformar a Kim Novak en Grace Kelly...
En el mismo libro-entrevista con Truffaut, Hitchcock deja clara su, para mí, injusta animadversión a la Novak, pero yo creo que esto es más bien consecuencia de la frustración por no poder volver a contar más con la Kelly.
Aparte de estos “cotilleos” la película es indiscutiblemente una obra maestra en donde se juntan una serie de inmensos talentos en el cenit de su creatividad: desde el director de fotografía Robert Burks, al genial músico Bernard Herman, que nos regala aquí una partitura magistral, envolvente, y que se ajusta como un guante al desesperado romanticismo que impregna toda la película. Además el maestro cuenta otra vez con la colaboración de Saul Bass, que diseña los títulos de crédito, de forma magistral.
Se ha dicho, y nadie puede negarlo, que el tema del film es la dialéctica entre lo real y lo imaginario, entre la realidad y el deseo: Scottie (James Stewart) se pasa la segunda parte del film resucitando el fantasma de una Madeleine (Kim Novak) que creía muerta. La misma Kim Novak (Judy) que se deja manipular por Scottie, aún sabiendo que esto solo puede conducirla irremediablemente a un final trágico.
El apasionado beso entre Kim Novak (ya Madeleine otra vez) y James Stewart (el anhelante Scottie) mientras los envuelve la cámara de Hitchcock, y la fantástica melodía de Bernard Herrmann, es desde luego una de las secuencias de más alto contenido erótico de la historia del cine, y cierra esta historia de amor tan imposible como lo es la absoluta felicidad en cualquier vida, como imposible es la felicidad misma. Lo que sucede después me lo ahorraré por si alguien todavía no ha visto esta película magistral.




(1).- La productora en cuestión es la Paramount.
(2).-“El cine según Hitchcock” por François Truffaut. (Alianza Editorial), 1974.

COMENTARIO DE PAULA MENÉNDEZ GONZÁLEZ


Mi buena amiga Paula, del taller de relato, me ha pedido que publique en esta humilde bitácora un comentario suyo sobre la novela de Belén Gopegui "La escala de los mapas"
Obedientemente yo aquí se lo dejo; Léanlo con atención (creo que merece la pena) y juzguen ustedes:

"Ni siquiera sospechaba al iniciar este libro sobrecargado de retórica, sobre el cual llegué a prejuzgar al inicio de su lectura que rozaba lo pretencioso, que me suscitaría tantas ideas inesperadas e incluso acciones raras y algo estrambóticas, como no podía ser menos, todavía bajo la influencia de su incalificable personaje central.
Y ciertamente la novela sugiere múltiples ideas detrás de los complejos pensamientos del extravagante personaje central, Sergio Prim, geógrafo de profesión, curiosamente enemigo de viajar y que lucha en su vida por encontrar “un hueco” en el que esconderse, obsesionado por los supuestos mapas mentales de las personas, por el significado de los espacios y, en definitiva, por un concepto de “mapa” totalmente alejado de la geometría.
También muestra de diferentes formas que, en realidad, en la vida todo es una cuestión de escala. Así, dependiendo de cada escala personal, está aquello que pasa desapercibido por su tamaño “objetivo” y, sin embargo, se destaca ante nosotros como inmenso; así también, situamos lo prioritario por contraposición a lo que para nosotros carece de importancia, señalamos allí el momento crucial por contraposición al rutinario del que a veces ni siquiera tomamos conciencia…
Todo esto me llevó a una acción posterior a la lectura del libro; a propósito de lo cual, debo comentar que descubrí lo positivo de los libros no sólo por lo que nos aportan al leerlos –sin duda, muchísimo- sino también por lo que nos suscitan una vez terminados. Dicha acción partió de situar en un plano de mi ciudad mis recorridos más frecuentes. Descubrí que a pesar de moverme en un espacio relativamente reducido, las figuras que formaban estas rectas que unían diferentes lugares cambiaban de forma según las épocas, según las estaciones, el día de la semana, los momentos del día…; incluso podrían estar allí los lugares de nuestros recuerdos y los de nuestros sueños; estaban también implícitos en ese cruce de rectas, círculos y pequeños símbolos aquellos lugares a los que planeábamos ir, aquellos a los que iríamos sin saberlo o sin quererlo siquiera y aquellos a los que irremediablemente nunca iríamos.
Era bella la forma que tomaba la unión de esas rectas entre un lugar y otro; a veces, parecían meros triángulos de partes desiguales, a veces círculos como plazas que nos imaginábamos o recordábamos en un lugar, a veces paralelas sin principio ni fin, figuras zigzageantes imposibles y, sobre todo- lo que creo que más miedo daría al precavido personaje principal, temeroso al fin y al cabo ante la complejidad e incapacidad de previsión ante estos mapas-, las curvas o rectas cuyo sentido se salía fuera de ese plano, a veces para volver por igual o diferente camino o para no volver ya nunca, porque esos lugares ya no cabían en ese espacio quién diría que tan complejo siendo tan diminuto dentro del inmenso mundo.
Incluso –esto seguro que lo aprobaría el indescriptible y extraño personaje del libro, Sergio Prim- resultaba inquietante, no por ello menos conmovedor, la idea de darle a cada lugar nuestro propio nombre; nombre asociado a sentimientos, ideas, recuerdos, cosas soñadas o imaginadas… ¿Por qué no llamar a una calle “evasión”, “días de sol”, “desengaño”… incluso darle el nombre de un hombre o una mujer importante para nosotros? –qué estupendo contraste frente a la realidad de las calles con nombres de “personas insignes”-.
Eran tantas las posibilidades de dibujar parte de nuestra vida o nuestras ideas o esperanzas en un simple mapa…en fin, todo lo que escribimos con otro lenguaje en un libro…que ya a parir de ahora para mí los mapas dejarán de ser sólo esos enormes papeles tan difíciles de plegar, con los que tenemos que luchar cuando buscamos algo en un lugar desconocido y, desde luego, los mapas para mí ya estarán en muchos más lugares y con muchos formatos diferentes."

LA ESCRITORA IMPENITENTE


A María Herreros, escritora compulsiva

Tengo una amiga que se llama Soledad, y no para de escribir. Escribe sobre cualquier superficie por donde pueda deslizarse su pluma, sobre cualquier papel, por supuesto; sobre prospectos farmacéuticos desechados, o sobre montones de hojas blancas que va emborronando con su letra menuda y ágil. Escribe sin parar, apremiantemente, tomando notas sobre cualquier hecho. Por escribir, llega a escribir sobre las alas de las mariposas que transportan sus sueños (y aquí ya me he puesto estupendo, no puedo evitarlo).
Soledad tiene un perfil flamenco (en ocasiones llega a decir que a ella le gusta cantar) e inteligente, y un gran defecto que aquí no puedo ocultar, lo siento: es avara. Como decía mi abuela pertenece a la “cofradía de la virgen del puño”, pero no en cuestiones de dinero, no. Es algo peor, mucho peor: ese inveterado tacañismo lo aplica sobre todo a su inmenso talento literario, pues por razones que no entran en lo comprensible se niega a compartirlo con casi nadie (yo, parece ser, soy una inexplicable excepción), temerosa quizás de que si alguien descubriese lo bien que escribe, se vería obligada a codearse con gentes poco recomendables, que la forzarían a salir del castillo de fantasías que se ha ido construyendo a lo largo de los años.
Soledad tiene una hija que se llama Libertad, una niña vivaracha y dicharachera, que es lo que más quiere en el mundo, y que ha heredado la envidiable imaginación de su madre, y, de momento, no para de preguntar cosas, y meter a los adultos en peliagudos compromisos, como es la obligación de todo niño que se respete mínimamente.
Soledad tiene un montón de historias por contar, que sólo su desmesurada avaricia (ya he señalado en qué sentido) puede llegar a censurar.
Yo espero que este temor mío no se materialice, y Soledad o Libertad de los Mares, o Rocío, pues detrás de todos esos nombres se oculta, nos siga deleitado con sus maravillosas disquisiciones de todo tipo (aunque intuyo, no se por qué, mi pesimismo natural, supongo, que este ruego que le hago tendrá poco éxito, porque Soledad gusta de emboscarse y llevar la contraria).

LA EMPERATRIZ DEL INFANZÓN



la emperatriz cuando todavía era una princesita; ya apuntaba maneras




El "palacio" de la Emperatriz, por la noche




A mi querida compi, Montse

Como casi todas las princesas de cuento, la emperatriz del Infanzón es rubia. La emperatriz es una vieja (no tan vieja, no tan vieja...) dama de alcurnia, que vive en su pequeño palacio a las afueras de la ciudad. Su cabello todavía rubio hace juego con unos ojos glaucos. Sé que tiene un perro glotón, al que, si unos malvados felones asaltasen su “castillo”, podrían sobornar con facilidad, ofreciéndole galletas u otras golosinas, porque a “Poly”, que es un bonachón, se le conquista fácilmente por el estómago.
La “Emperatriz” es muy coquetuela, y gusta de hacerse menos de lo que vale, quizás para que todos acudamos a levantarle el ánimo, ensalzando un talento que en verdad si existe. Se hace llamar la vieja compañera del curso, y otras cosas así (la pesada, la inútil...), creo que para obligarnos a repetirle que no es ni lo uno ni lo otro. Creo que fue Manolo el que, en un momento de inspiración de los que en él son habituales, y en un curso anterior, la bautizó de esta manera, que, por cierto, resume de forma tan acertada como brillante (típico del talento de Manuel), la esencia de su personalidad (por cierto, ella insistía siempre en que yo también le pusiese un nombre de mi cosecha, pero decliné su invitación pues mi imaginación no se sentía capaz de igualar siquiera el genial sobrenombre que Manolo se inventó para ella).
La emperatriz ha tenido una vida azarosa, aunque, por una u otra razón, nunca me la ha acabado de contar del todo.
Porque, a veces se esconde, cosas poco claras, tras el nombre de Gadea, y a veces no.
Esta “doble” personalidad ha llegado a desconcertarme del todo, tengo que confesar. Espero que, aunque a mí no me guste meterme en vidas ajenas, alguna vez me lo pueda aclarar (simple y cochina curiosidad, ya saben).
La Emperatriz tiene todavía una voz cristalina, y una dicción de envidia, sobre todo para mí, que como el compañero Alberto leo mis relatos de forma atropellada (y atolondrada), como si tuviese prisa por acabar rápido, y en verdad la tengo, pero ¿qué se le va a hacer? Es una demostración más de mi timidez insuperable, supongo. Muchas veces, atenazado por el miedo, estuve a punto de pedirle que leyera mis relatos, pues estaba seguro de que en su hermosa voz ganarían mucho; pero jamás me atreví. Cosas, otra vez, de mi impar apocamiento, también deberían saberlo

LAS "OCULTAS" DIVERSIONES DE TODD FIELD


Recientemente he podido ver una interesante película: Se trata de “Juegos secretos” (2006) del actor Todd Field. Field (1964- ), conocido como secundario en diversas películas (era el pianista que aconsejaba a Tom Cruise, en la, para mí pretenciosa y vacía “Eyes wide shut”) debutó en la dirección con la estimulante “En la habitación” (2001) con gran éxito de crítica y público. Cinco años después nos vuelve a emocionar con esta estupenda “Juegos secretos”. En la línea de su anterior película nos sumerge en el ambiente opresivo de una pequeña comunidad de Estados Unidos, donde los secretos mal guardados, las frustraciones nunca superadas, el conservadurismo moral, la cotidiana intolerancia y la hipocresía con la que se pretenden ocultar íntimas pasiones mal reprimidas, dibujan un paisaje bien definido y ya abordado en su primer film, así como en otros de los más interesantes de los últimos tiempos desde la oscarizada “American Beauty” (Sam Mendes, 1999) a la transgresora e “independiente” “Happinnes” (Todd Solonz, 1998), por citar dos ejemplos de películas con similares ambientes e intenciones., pero muy diferentes orígenes y procesos de elaboración.
En “juegos secretos" (Little Children, 2006) diversos personajes unidos por el denominador común de la mentira y la simulación, entrecruzan sus patéticas, frustradas trayectorias vitales en el ambiente asfixiante de una pequeña localidad de Estados Unidos.
Destaca en este paisaje de personajes frustrados, amordazados, atosigados... la breve interpretación de Jackie Earle Haley (un rostro difícil de olvidar), como el “temido” pederasta, que sin hacer nada, provoca el rápido desalojo de la piscina donde se reúne habitualmente el grueso de la timorata, desconfiada comunidad, que es la real protagonista de la película.
Kate Winslet, que ya no es la muchacha rozagante, “rubensiana” y sensual de hace tiempo (de la perturbadora “Criaturas celestiales”, de la correcta “Sentido y sensibilidad” o de la pesadísima “Titanic”) desempeña con éxito un papel, que dentro de una película que se podría considerar coral, tiene más protagonismo que el resto del ajustado, brillante reparto.
Porque el peso de la narración no recae sobre ningún protagonista en concreto, si no que se reparte entre todos los miembros de una comunidad que los oprime y asfixia, en una sucesión de mentiras, imposturas y cobardías que son la sustancia del relato.
Un film valiente, pero “tranquilo”, sin estridencias; Donde el tono crítico se va explicitando poco a poco, como agua embalsada que se va filtrando en la tierra húmeda, hasta anegarla sin remedio.

BENDITO SEAS, CLINT EASTWOOD


La última película del gran Clint Eastwood, no es ni mucho menos la mejor de su carrera, que en los últimos años nos ha dejado una sucesión de obras maestras, “Mistic River”, “Sin Perdón” y sobretodo la magistral y conmovedora “Million Dollar Baby”.
Clint Eastwood es un cineasta al que su supuesto conservadurismo privó durante muchos años del favor de cierta crítica miope, condenándolo al status de intrascendente rareza, o como mucho de frívola curiosidad de un actor al que el éxito se le había subido a la cabeza.
Pues bien, el supuesto conservadurismo de Eastwood, sólo puede ponerse en parangón con el de otro “grande” de la historia del cine: Jhon Ford, es un conservadurismo más sentimental que político.
Pero aunque sea una obra objetivamente menor en la filmografía del último Eastwood, no por ello deja de situarse muy por encima de la inmensa mayoría del cine que se ha filmado en los últimos tiempos (incluyendo al último y muy sobre valorado Almodóvar de “Volver”, por no decir nada de los deleznables “blockbusters” de diverso tipo que asolan nuestras cada vez más escasas pantallas).
Por todo ello, como aficionado al buen cine, y esperando la complementaria, y “gemela” “Cartas desde Iwo-Jima”, no puedo menos dejar de exclamar este rendido: “Bendito seas, Clint Eastwood”*.*: Lamentablemente he tenido que ver esta película en la reducida pantalla del ordenador, pues en mi ciudad se ha estrenado en un cine poco accesible, lo que dada mi condición de inválido, me impidió verla en pantalla grande, lo que quizás ha condicionado mi valoración

IÑÁRRITU


Existen varias maneras de plantear una narración. Alejandro González Iñárritu (México, 1963) ha optado, al menos en los tres largometrajes que yo le conozco (“Amores perros”, “21 gramos” y “Babel”) por una estructura coral similar (historias que se van entrecruzando, al principio sin un sentido claro, pero que buscan una clave final que le dé razón al complejo puzzle que Iñárritu (con la inestimable colaboración, al menos hasta ahora, de su guionista Guillermo Arriaga*) va construyendo.
Parece que la carrera cinematográfica del tándem Iñárritu-Arriaga se caracteriza por una progresiva ambición geográfica: Si en “Amores Perros” el puzzle que caracteriza su cine de circunscribía al ámbito local (México), en “21 gramos” se extendía al regional (Estados Unidos), en su última, y más compleja película (“Babel”), abarca ya el del universo mundo, con todas sus inmensas miserias y contradicciones.
Se ha dicho, quizás con razón, que el argumento de “Babel”, es, nada más y nada menos, que un fresco del mundo actual, presidido por el fenómeno de la “globalización”.
Y la moraleja, no me gusta nada esa palabra, puede ser entonces que “siempre pierden los mismos”.
Porque no puede compararse la desdicha particular del acomodado matrimonio de turistas americanos interpretados por Brad Pitt y Kate Blanchett, o los problemas de incomunicación que presiden el episodio japonés, con las auténticas tragedias que se plasman en las vidas de los auténticos desheredados que pueblan el rico paisaje humano de esta película (pastores marroquíes o inmigrantes mexicanos en Estados Unidos).
Porque el accidente casual que desencadena el drama de “Babel” (unos niños que jugando con un rifle en las montañas del Atlas marroquí, hieren a una turista americana que pasaba por allí), desencadena una serie de historias que se van encajando como las piezas de una “muñeca rusa”, como es característico del resto del cine de Iñárritu, pero aquí en un ámbito infinitamente más extenso: el del atormentado planeta tierra.

* Parece ser que, por desgracia, esta es la última colaboración entre el talento de estos dos brillantes mexicanos

EL CIELO S.A.


El zafarrancho aquel de la “Creación”


Aquella tarde los empleados de El Cielo S.A. estaban perplejos. Contra lo que había anunciado anteriormente, y contraviniendo su costumbre, a la que era escrupulosamente fiel desde hacía tantos años, Crisanto de Dios no aparecía. Era el presidente y máximo accionista de aquella empresa que había fundado en tiempos tan remotos, que nadie recordaba a qué se dedicaba antes. Nepomuceno Sanpedro era su capataz y mano derecha, su hombre de confianza, que ejercía ora de portero de la gigantesca finca en la que estaba instalada la empresa, ora de administrador u otras labores, siempre fiel a las instrucciones de su jefe, del que sólo una vez, hacía ya muchos años, se había permitido dudar. Cuando Don Crisanto se había marchado el lunes, había asegurado a todos sus empleados, que, sin falta, volvería como muy tarde el viernes para poner en marcha un plan al que llevaba tiempo dándole vueltas, y que, sin duda, sacaría a la empresa de los apuros, con que, en forma de inesperadas deudas e incomprensibles incumplimientos de contrato, había sido asolada en los últimos tiempos hasta ponerla al borde de la quiebra. El plan tenía un nombre sin duda rimbombante y pretencioso: La Creación.
El caso es que ya era sábado de tarde, y faltaban escasos momentos para llegar al domingo, día que el mismo Don Crisanto, por razones que nadie era capaz de comprender, y más en persona tan obsesivamente laboriosa, había designado como de descanso ineludible.
Pero cuando los nervios de los empleados se habían ya tensado al máximo e incluso el bueno de Nepomuceno había sido comisionado a casa del ausente patrón, Don Crisanto apareció, aunque su aspecto distaba mucho del que tenía acostumbrados a sus empleados. Su habitual distinción parecía haber desaparecido: el cigarrillo rubio usualmente incrustado en una elegante boquilla, había sido sustituido por un enorme puro a medio consumir, que el señor de Dios, se empeñaba a mascar con fruición llenándolo de babas. Caminaba con escasa seguridad, tambaleándose, y mascullando unas casi ininteligibles cancioncillas, “El vino que tiene Asunción ni es blanco, ni tinto ni tiene color” o bien “A mi me gusta el vino pamparabampampan; con el pamparabampampan, con el pimpiribimpimpin al que no le guste el vino es un animal, es un animal” o incluso el socorrido “Asturias patria querida, Asturias de mis amores, quien estuviera en Asturias en todas las ocasiones”. Como sus empleados desconocían hasta ese momento el amor que Don Crisanto le tuviese a la música se quedaron muy extrañados, pero más cuando el “patrón”, contraviniendo definitivamente sus costumbres instaba con lágrimas en los ojos, y pasando sus brazos sobre los hombros de algunos empleados, a que le acompañasen en su desempeño melómano y les ofrecía promesas de amistad eterna, algo que estaba muy lejos de su circunspecto proceder habitual.

Por fin regresó Nepomuceno de su inútil viaje a casa del patrón. Aunque todavía no había cumplido cuarenta años presentaba una incipiente calva, y era un hombre tímido y metódico. Su seriedad era comúnmente apreciada y respetada por los obreros y todo el mundo parecía instarle con la mirada a que le preguntase al patrón qué había pasado con “La Creación”. Superando la paralizante timidez que le atenazaba habitualmente, con un hilo de voz temblorosa, Nepomuceno, que había enrojecido hasta las orejas, acertó a inquirir por fin: “Con todo respeto, Don Crisanto, ¿pero y “La Creación”? ¿No se acuerda? No nos tenga más en ascuas: díganos que vamos a hacer, porque la quiebra nos amenaza de forma irremediable”.
Don Crisanto pareció reflexionar un instante mientras seguía masticando su asqueroso puro. De repente se le iluminó la cara, aquel rostro ahora irreconocible, dónde el pulcro bigote habitualmente tan bien recortado, había sido sustituido por una desordenada e incipiente barba de tres días, y, con los ojillos alegremente iluminados, acertó a decir por fin, o sus empleados consiguieron entender con dificultad: “La Creación, la creación es esto, amigos míos”.

CARTA DE SU MADRE A OTEGUI


Arnaldito, Arnaldito: Sigues igual que de pequeño, cuando cerrabas los ojos si me hacías una trastada de las tuyas, y creías que así no te veía, y te ibas a librar de mis reprimendas. La misma cara de pillo traviesillo, la misma pose de “yo no fui, a mí que me registren”.
¡Cómo me recordaste esos tiempos cuando te vi en la televisión después del atentado, diciendo eso de que total si no había pasado nada!
Yo sé que siempre tuviste la cabeza llena de pájaros, que si querías ser el gran pacificador, que si el Jerry Adams vasco, que si patatín, que si patatán; y mírate ahora, cuando de verdad tenías la oportunidad, nada, que te quedas quieto, y la dejas pasar por delante de tus narices. Si siempre lo decía tu padre: “Este, mucha labia, pero a la hora de la verdad, incapaz de hacer nunca nada. Un comodón, eso es lo que es”. Que a lo mejor resulta que también es culpa nuestra, que ya me temía yo que esa gente con la que andabas de chavalín te acabaría trayendo problemas, que a mí ya no me gustaban un pelo, pero tu siempre con el “no pasa nada, que son buenos chavales, tranquila, amá”, y yo, claro, me ponías esa cara de querubín, y me lo tragaba. Pero ahora, que ya es tarde, me arrepiento, porque a ver cómo te libras de ellos ahora, que como ya me temía yo, acabaron siendo unos pesados y metiéndote en demasiados líos, Arnaldito.
Yo te aconsejaría, quizás con la ingenuidad de una madre que te quiere, que te librases de ellos, que, al fin y al cabo, tampoco les debes nada, y ellos a ti, no te han dado más que problemas y quebraderos de cabeza. A ver si así podemos de una vez respirar tranquilos.

HOJAS


“Tu dile a Sarabia que digo yo que la nombre, y que la comisione aquí o en donde quiera, que después le explico”


Hojas que se suceden ante ojos ya cansados. Párpados que pugnan por no cerrarse. Montañas de legajos amenazadores, ceñudos. Rutina sofocante. Polvo oficinesco. Montones de papeles inútiles. Sensación de que la vida se escapa, mientras uno pierde el tiempo en quehaceres absurdos. Ahogo. Ganas de escapar, pero falta el valor. Miedo a reprimendas incomprensibles de superiores insoportables. A la vez, cobardía rastrera en su presencia siempre fugaz, siempre hipócritamente alabada, “Como no, encantado, siempre a sus órdenes, señor, me pone a los pies de su señora”. Ganas de vomitar repentinas tras repetir otra vez esta frase u otra tan obsequiosa como ella. Verdadero asco de uno mismo al recordarlo. Odio intenso y repentino hacia ese cliente que, amablemente puntilloso, te recuerda algún error que creías no haber cometido, pero que, al evidenciártelo él, te abochorna haciendo surgir un repentino calor en tu cara. Deseos de desaparecer, de no haber nacido. Alegría inmensurable al recibir una mirada de aprobación del odiado jefe, una simple sonrisa, una hipócrita palmada en la espalda, un falso gesto de ánimo y falsa confraternización, que te hace sentirte el rey de la oficina “Al jefe le gusta lo que hago, después de todo. No, si siempre pensé yo que tenía un buen fondo, que ese despotismo sólo era fachada, y además a mí se nota que me aprecia”. Se evaporan, pues, incluso los intensos deseos de que suene el dichoso timbre que anuncia el fin de la jornada, porque ahora el jefe, que ayer era ese cretino imbécil que se cree el más listo, pero menuda mierda que es, resulta que es tu amigo del alma.
Cuando finalmente suena el timbre, deseos irreprimibles de que pase la tarde, y la noche, y llegue otra vez la mañana, y estar de nuevo sentado en tu mesa, detrás del muro de papeles, legajos polvorientos, oliendo la rancia mugre del papel amontonado, porque quizás el jefe, el bienamado ya, te lanzará una sonrisa furtiva, o quizás, ¿por qué no?, otra palmada de aprobación, y tu te derretirás, como una damisela ante el objeto de su amor.

VÉRTIGO


Me impulso agarrándola con las manos, y sobrepaso limpiamente la barandilla. Para mi sorpresa no encuentro ninguna resistencia después. Nada me detiene. Caigo con absoluta limpieza, cada vez más rápido, más rápido. Veo como la Uralita de los techos de las naves del patio se acerca cada vez a más velocidad. El impacto parece inminente. Había dado un paso adelante, y sentía ese cosquilleo en el estómago que anunciaba siempre los grandes momentos, los momentos definitivos. Me aterra, y a la vez me atrae de forma extraña. De todas maneras, ya no hay marcha atrás. No hay nada a lo que me pueda agarrar ya. Compruebo, ya es tarde para arrepentirme, que nada podrá detenerme, que el impacto es seguro, que no voy a flotar como alguna vez había absurdamente imaginado. Caigo rápido: al menos este horror durará ya poco. Estúpidamente me preocupan sobre todo los daños seguros que le voy a causar al ferretero del bajo, que es tan buena persona. ¿Cómo mirarle a la cara después de haber atravesado el techo de su negocio, causándole tan cuantiosos daños?

De pronto, un terremoto: alguien me sacude por los hombros, y me salva. Despierto medio atontado, la boca seca y estropajosa. Por unos momentos, brevísimos, mi mente intenta retener lo último soñado, la recurrente pesadilla de la caída, pero es ya tan difusa, que se pierde en la nada, en el aterrador vacío; para siempre perdida ya. Percibo como voy tomando tierra blandamente, con dulzura incluso. Me reconforta esta sensación tras haber pasado por el vértigo atropellado de la caída. Es suave como los brazos de ella, como sus pechos, cántaros de miel que vuelven a prometer mil dulzuras siempre lejanas, pero por el momento, inminentes, próximas, seguras. Aliviado del terror recién superado hundo mi rostro entre esos pechos nutricios (el pánico recién transitado parece darme permiso, y yo lo aprovecho, faltaría más). Mi suerte parece haber cambiado en un instante: De la muerte segura, al cielo recién conquistado, que me niego a abandonar.

Y ya nuestras lenguas se enlazan y se desenlazan, se persiguen y, cuando están apunto de encontrarse, se separan otra vez, para inmediatamente volverse a encontrar. Es una estudiada danza de íntimas caricias que siempre se repite, hasta alcanzar el máximo placer, la total felicidad.

Este cielo de besos, de pieles próximas, de suavidades femeninas que imagino, y ya no sé si podré hacer realidad, es el que me salva diariamente de precipitarme en los abismos de la nada incógnita e infinita, el que certifica mi resurrección de cada mañana.

EN LA PLAYA (TORMENTA DE VERANO)

Calidoscopio psicodélico de colores sobre la piel humana en reposo, achicharrándose al sol de agosto; sudor; pieles antes blanquecinas y macilentas, tostándose poco a poco; manos juguetonas introduciéndose bajo telas de escuetas vestimentas ajenas; arena que, inoportuna, hace lo mismo: meterse donde no debe, y además, no es bien recibida. Miradas de deseo; miradas babeantes al botón sonrosado que pugna por escaparse de la tela mínima que pretende ocultarlo, sin conseguirlo del todo; en reciprocidad, al creciente bulto masculino situado en la entrepierna, que casi insinúa una situación indiscreta, irreprimible y asaz inoportuna. Hermoso horizonte verde azulado, donde transitan ociosos veleros, y a donde se dirige la imaginación buscando la deseada libertad, el casi imposible sosiego; olor penetrante a la crema solar de la infancia, que se asocia rápida e inevitablemente con el verano; lenguas voraces que investigan en recovecos quizás inalcanzables; una gota de sudor que se desliza perezosa hasta alojarse por fin en un ombligo acogedor; olor delicioso a tortilla de patatas; mirada voraz (el hambre ha hecho ya su aparición) al bocadillo de jamón que alguien extrae de una tartera; bienestar que provoca la suave brisa marina; aroma de mar que penetra cosquilleando en la nariz, refrescante e incitador, y a la vez una pizca desagradable, pues se mezcla con el hedor dulzón de las algas muertas; súbito impulso al concluir un abrazo con la mujer amada, de levantarse y hacer cabriolas, entrechocando los talones desnudos y todavía rebozados en arena; mirada furtiva a otra pareja que también se desenlaza tras su abrazo, para ir deslizándose hacia el reino del sopor; mirada de complicidad (no está incluido ningún guiño, tampoco hay que exagerar), hacia esa pareja tan diferente, y tan parecida; mano que palpa la arena ardiente; dedos que se cierran tratando, es inútil, de agarrar un puñado compuesto por millones de minúsculos granos que invariablemente se escurren inasibles; ojos que se van cerrando, imposible mantenerlos abiertos; labios que se depositan sobre los párpados de ella, apenas rozarlos, justo antes de perderse en el mundo de los sueños; sed, justo cuando se oye al repartidor ambulante de helados que se aproxima voceando su mercancía, sorteando los cuerpos tendidos en la arena como si fuesen las víctimas de una cruel batalla, sed repentina que ya se mitiga, paladeando el agradable frío de un trozo de hielo con sabor a limón, o algo parecido, que refresca los labios abrasados. //Y, de pronto, una gota cae en el pie, y no, no es del helado que rezuma; el calor desaparece, el horizonte torna su color verde azulado a negrísimo, la brisa agradable se transforma en vendaval amenazador, y la ociosa y aletargada multitud se espabila de repente. Cada cual recoge sus toallas, tumbonas, balones enormes, cremas solares, rastrillos de juguete para la arena, cubos con la misma función, telefonillos portátiles, gafas de sol ya inútiles..., y maldiciendo, cubriéndose con las toallas, que han cambiado de súbito su uso, emprende una atropellada carrera hacia los soportales salvadores de la ciudad, pisándose unos a otros, molestándose, en caótica desbandada, tristes y humillados cual ejército al que un enemigo que sabe más poderoso acaba de inflingir una cruel e inapelable derrota.

LA FOTO EN MI HABITACIÓN

Cuando emerjo por las mañanas de la confusa nebulosa de mis sueños (ora masas gelatinosas que me aprisionan y ahogan, ora plácidos paisajes que sobrevuelo con facilidad gracias a mi sorprendente habilidad para gravitar sin esfuerzo, cual joven y valiente astronauta), lo primero que veo a mi izquierda, bajo la estantería abarrotada de libros y revistas, es una foto de hace mucho, que sólo por superstición conservo. En la estampa aparecemos ella y yo, elegantes y guapos, por que no decirlo, y en apariencia felices y despreocupados, ya que estamos en la boda de una de sus mejores amigas. En la foto yo sujeto una copa y mientras ella ilumina con su confiada sonrisa y brillantes ojos negros toda la estancia, yo, ladino procuro vislumbrar, de reojo, el vehemente empuje de sus pechos contra la tela blanca de la blusa.
La creencia ilógica que me domina consiste en pensar que si alguna vez retirase esa imagen del sitio que lleva ocupando tantos años, el vínculo ya inexistente, para qué nos vamos a engañar, que nos unía, se rompería de forma irremediable y definitiva. Y es absurdo, porque, en verdad, más roto ya no puede estar. Después de años sin siquiera mantener una conversación, pensar otra cosa sólo indicaría que soy mucho más cretino de lo que siempre había barruntado (lo que mi cara de idiota babeante de la foto certifica, por otra parte).
Mi habitación es un paralelepípedo de color amarillo, con un feo, pero útil reloj, confeccionado artesanalmente por la hija de la vecina, situado en frente de mí, al lado de la puerta.
Como Juan Carlos Onetti soy muy vago, y hago gran parte de mi vida en la cama. En la cama leo, duermo, imagino, disfruto y me desespero.
Y la añoro a ella, y más añoro mi vida de antes para siempre perdida, de forma tan absurda como inexplicable.
Tengo un pequeño receptor de televisión en esta alcoba. Todavía ayer me dormí con los melodramáticos avatares de Jane Wyman y Rock Hudson en alguna película del gran Douglas Sirk, en la que ambos sufren muchísimo, pero al final, como por arte de magia, ellos, el jardinero y la dama, superan los múltiples impedimentos, que en forma, en su caso, de hijos caprichosos, egoístas y despiadados, se oponían a su felicidad, y de manera casi inexplicable pueden ver triunfar su amor.
Cuanto he soñado un final así para nosotros
Pero ese final hace mucho tiempo que no es más que una quimera imposible.
Y temo, seriamente, que con el implacable paso de los años, como la copa de dorado champagne que sujeto en la foto, ya bebido y orinado hace tanto tiempo, acabe hasta por olvidar el rostro de la que tanto significó para mí, de la que tanto amé

A DOS METROS DE DISTANCIA

Años después, sentado en mi silla de ruedas, con mi padre y mi madre, y los hijos de mi prima (que como soy hijo único, son para mi, los sobrinos que nunca podré tener).


Cuando abrió los ojos pudo constatar dos hechos que emergían entre las brumas de su cerebro aturdido: primero, que había conseguido escapar de las tinieblas que lo retuvieron durante tres meses, (bueno, de eso se cercioraría en realidad bastante después), y segundo, que no estaba solo. De algún modo sabía que ella no podía haberlo abandonado. En efecto, con enorme trabajo consiguió girar su cabeza hacia la izquierda, y allí se le apareció, a unos dos metros de distancia, en una cama de lo que parecía la habitación de un hospital.
Lo último que difusamente recordaba era su desazón cuando llegó a casa, y la encontró echada en la cama, la ropa desordenada, la bata abierta, descuidada, dejando escapar sus pechos ubérrimos y nacarados; Luego su intento desesperado de pedir ayuda por teléfono, no sabía a quién, a un médico, a una ambulancia, a quién fuera, y su propio lento desvanecimiento, las malditas tinieblas que sin dolor se iban apoderando de él, sumiéndolo en un sueño que pudo ser letal
En el hospital, porque era un hospital, de eso empezaba a estar seguro, intentó llamarla, decir algo, pero no pudo: por alguna razón el aire se le escapaba misteriosamente sin transformarse en sonido ninguno. Era un horrible despertar, tenía que ser una pesadilla, tanto horror no podía ser cierto..., pero lo era. De alguna manera supo que aquello era la realidad, su realidad a partir de aquel fatídico instante. Se percató que no podía moverse, apenas girar la cabeza a los lados. Sin embargo su consciencia no parecía muy afectada por el desastre, cualquiera que hubiese sido este. Deseó que el personal del hospital los hubiese colocado más cerca. Constató cuánto la necesitaba. La distancia de apenas dos metros que los separaba se le antojaba insoportable. Deseaba el contacto de su piel voluptuosa, de su brazo, de su muslo, de su pierna, del calor y frío de un cuerpo ajeno, y a la vez conocido, aunque sólo fuese para yacer tendido quieto pegado a ella, sin hacer nada más
Pronto comenzó el desfile de visitas: llegó su padre, lo reconoció al instante. Lo contempló con ternura mientras observaba como lágrimas indisciplinadas surcaban en silencio las arrugas de su rostro venerable. Cuánto había envejecido en el poco tiempo que llevaba sin verlo. Se sintió culpable. Luego llegó su madre. Tampoco le costó reconocerla, tan pequeñita y cariñosa como siempre, disimulando las lágrimas, que ella rara vez dejaba escapar.
Y se fueron sucediendo más visitas: amigos, familiares, conocidos…, pero él deseaba que se marchasen pronto, que le dejasen contemplar su cielo en exclusiva, que les dejasen solos de una vez para poder amarse en silencio, a dos metros de distancia, que a veces parecían miles de kilómetros, y a veces sólo unos milímetros.

LA "CLEMENCIA" DE LA LLUVIA

Oigo al aguacero repicar en el patio como un tambor a rebato. Me acurruco entre las frías sábanas abrazando al fantasma de su cuerpo que tirita, no se si de miedo o de frío, pero es cálido y suave, y huele bien, a perfume de mujer. Quimérico como es uno, imagino que mis brazos la envuelven en un abrazo protector. Por la brevísima rendija que deja la persiana, el pespunte de un relámpago quiere iluminar la habitación, precedido por el bronco retumbar del trueno, y yo me siento bien, arropado y seguro. Me gustan estas noches de frío y lluvia, noches de tormenta en que me creo resguardado en el refugio de mi cama, en las que me dejo llevar en reconfortantes ensoñaciones, sueños que se imposibles de trasladar al mundo real, pero que, ingenuos al fin y al cabo, me sirven para cobijarme de la sórdida realidad de mi vida. Vano intento.
Porque el tiempo, implacable, sigue arrasándolo todo, como un tren desbocado, sin frenos, que ha iniciado una loca carrera hacia ninguna parte, y ya no me permite, soy miedoso, saltar y bajarme en marcha.

ESTA MUJER


Esta mujer me desespera, nada, que ni respira, parece milagroso, ¡Qué catarata de palabras sin sentido!, y no poder escapar, eso es lo peor. Si por lo menos pudiese levantarme, y largarme, “Adiós, ahí te quedas, pesada”. Pero yo sólo pido que descanse, que se calle un poquito, que me va a volver loco con su cháchara inconexa : que si mira que putones las hijas de la Rosa, siempre con esas minifaldas enseñando hasta las bragas, que si por lo menos fuesen unas jovencitas, pero es que ya no tienen edad para tanta exhibición, que ya están muy jamonas, que a mi no me gusta criticar, pero que no, que no me gusta que me enseñen tanta pierna, y pierna gorda, que como digo yo, llegando a una edad no se puede ir por ahí enseñando esos muslotes de elefanta, y luego querer que no te critiquen, que luego pasa lo que pasa, que Rosa es muy buena persona aunque muy inocente la pobre, pero tiene unas hijas a cada cual más pu.., que mira, que tres de las cinco le acabaron llegando con un bombo de regalo, que se puede ser muy moderno, pero luego el paquete siempre es para la abuela, que ellas no se enmiendan, que les hacen un bombo, y como tienen a los padres que son tontos, ¡ala!, a seguir puteando por ahí, que como digo yo, la culpa no es de ellas, es de la madre, que a las hijas hay que atarlas corto, como yo a la mía, que nunca se me desmandó ni dio que hablar por ahí, que luego pasa lo que pasa, que das pie, y los hombres que van a hacer, ¿cortársela?, que no puede ser, aunque me diga siempre mi hombre, que es un pobre inocente, anda, a ti que te importa, al fin y al cabo, cada uno en su casa y dios en la de todos, pero es que la Rosa es muy buena amiga mía, y como no me va a importar lo que hagan sus hijas, si casi se criaron en casa con la mía, que a la mía gracias a dios, no se le pegó nada de su forma de ser: ese estar siempre detrás de los hombres, que no se que les ven, porque, como digo yo, al final todos los hombres son iguales, que mucho prometer pero luego ninguno lleva nada que valga pa ná, que también yo con el mío, vaya chasco que me llevé, que una está esperando maravillas, y luego una vez por semana, los sábados, y rapidillo, que a mi eso al fin y al cabo tanto me daba, porque una siempre tuvo cosas más importantes en las que pensar, que como digo yo, pan para hoy y hambre para mañana, pero lo de esas chicas no puede ser, y lo digo yo, que al fin y al cabo son casi como mis hijas, pero que no, que no puede ser esa forma de vivir, si es que a ese constante sobarse con el primero que pasa por delante se le puede llamar vivir, que a mí no me gusta meterme en la vida de nadie, pero es que esto ya no puede ser, ¿no es verdad?, oye, no te duermas, que si ni tu me vas a hacer caso no se para que me esfuerzo yo en teneros al tanto de lo que pasa. //Y yo que por fin desconecto con lo que me rodea, y mi mente ya se deja deslizar con suavidad a regiones lejanas, al lugar cálido y remoto donde habitan hermosas y suaves princesas que me permiten refugiarme entre sus brazos rollizos y acogedores, aspirando el perfume delicioso de esas huríes en una agradable ensoñación, mientras en segundo plano sigo escuchando el bajo continuo de un parloteo demencial, y por fin consigo murmurar mitad dormido, mitad despierto: “Haz el favor de callarte, por favor”.

DESPECHADO



¡Pero mira que cara de gilipollas pone!; no, si inteligente debe ser un rato, pero demostrarlo, lo demuestra poco; y como me aprieta el tío... ¡Tranquilo, hombre, que no me escapo...! No, si este tío ya me está cargando. Y total, todo este esfuerzo para luego, delante de los demás, traicionarme con la caja esa con teclas; que todavía hace años, cuando me dejaba por la señorita aquella tan fina, y con tantas curvas, y de nombre tan raro, si, la esti.., estilográfica, creo que era, pues bueno, había que fastidiarse, que uno comprende que es humilde, delgaducho, y de cristal falso, pero ahora, con esa horrible caja con teclas, que no se que le ve, que encima incorpora una pantalla de colorines que la hace el colmo de lo hortera, ¡vamos hombre, que falta de gusto, que horror, que vulgaridad!. Y además que nunca me trató muy bien que se diga, porque una cosa es ser bastante poco curioso, que nunca lo fue, y otra lo de ahora, que ya es el acabóse, si hasta parece que se haya dado a la bebida de lo que le tiembla el pulso, qué hasta vergüenza me da: unos rayonazos sin sentido, y ese sacar la lengua babeándose como un subnormal, él, que se cree tan inteligente, ¡qué apuro!, ¡que falta de decoro, y dedede...ttodo, hombre, que si lo pienso bien se me empieza a revolver la úlcera, y esto va a acabar mal. Y además, ni que escribiera algo que valiese la pena, no se, una novela fina, sentimental, de las que a mi me gustan, o con conciencia social, con épicos obreros maltratados por el capitalismo y la reacción, o de héroes, o de sabios filósofos que imparten un mensaje filantrópico, constructivo y para el bien común, como debe ser; pero no, el siempre con lo mismo, con sus lenguas, con sus labios, con sus salivas promiscuas, ¡rijoso!, que eso es lo que es, siempre pensando en lo mismo, que cualquier día me harto, y a ver con que toma notas, porque la dichosa caja con teclas parece muy poco manejable, y a ver como se las arregla entonces. Abrase viso

MELANCOLÍA

Pip, pip, pip, piip. Son las ocho de la mañana, las siete en Canarias. Como cada mañana la voz de Francino se derrama por la habitación desde el transistor que está a mi lado
Y me levanto y me voy al gimnasio como cada mañana
Y Silvia, mi rubia y pizpireta fisioterapeuta de ojos azulísimos, que ya se echa sobre mis piernas para facilitarme la correcta realización de los cien abdominales de rigor, divididos en cuatro series de veinticinco: 1...,2...,3...,4..., 5..., al 18 empiezo a notar que me quedo sin aire, y el temor al fracaso se instala en mi mente, al 20 me animo, total pa cinco que quedan, no vas a poder con ellas, vamos hombre, 24..., y 25, lo conseguí como casi siempre, no se por que me preocupo
Ahora la rubísima Silvia se va a realizar otros quehaceres por el gimnasio, y yo me quedo tumbado en la mesa recuperándome del esfuerzo, escuchando en el hilo musical ominosas cancioncillas de moda, contando mentalmente hasta 300, que ya he calculado equivale al tiempo exacto que me dejará descansar hasta empezar la segunda serie. Y así todas las mañanas, todos los días.
Y desde allí saludo a la los clientes que llegan retrasados: a la simpática viejecita que siempre se preocupa por mi salud; a la voluptuosa joven, como me gusta cuando se quita la sudadera, y deja más libre su gloriosa anatomía, que ¡Oh, fatalidad!, parece ignorar que existo; al rebelde y venerable anciano, aquejado de mil achaques, que hace gala de un escepticismo tan sano, como quebrantada parece su salud; a la señora mayor todavía de buen ver que me guiña un ojo, cómplice; al despistado que se ha olvidado apagar el cigarro, y entra buscando un cenicero inexistente; a la alegre pareja joven que lo hacen todo juntos, y que juntos parecen haber compartido un accidente de tráfico, o algo así
Y ya vuelve Silvia, justo cuando voy por 299, milagrosa precisión la suya, y otra vez a empezar con los dichosos abdominales; se acabaron las ensoñaciones por hoy.
Y ya estoy saliendo del gimnasio, la distancia hasta mi casa es escasa, apenas cruzar la calle; y ya he desarmado la silla, que si no, no cabe en el ascensor; y ya mi padre, abnegado escudero para todo, me insta a levantarme, que si no, no cabemos. Y a comer que grita mi madre, que no se lo que haces en la salita como un pánfilo, mira que horas
Y llega la tarde, y llega la noche, y pasan los días, monótonos, sin que ella se presente de repente, desafiando al mundo, y me diga, venga, vamos a recuperar el tiempo perdido, vamos solos tu y yo, que la vida es corta, y no me importan ni mi familia, ni tu familia, ni lo que digan unos, ni lo que digan otros, vamos solos, que la vida es corta y no la hemos disfrutado nada, vamononos, por dios, que no puedo vivir sin ti
Y ya me toca despertar otra vez, y otra vez volver al gimnasio, y otra vez la pizpireta Silvia, y otra vez los abdominales, y el ascensor, y mi madre, y la comida, y ella que no aparece ni aparecerá, y yo que noto que la vida se me va escapando, inasible, como agua deslizándose entre los dedos.

LA DESERCIÓN DE LAS MUSAS


“Ahí te quedas, incompetente, nos vamos” le dijo Calíope, indignada, al aprendiz de escritor, antes de dar un portazo y desaparecer. Habían escuchado su último y frustrado proyecto de relato: un disparate que las indignó a todas: a Talía aquellos chistes malos la sacaron de quicio; a Erato las reiteradas, obsesivas referencias al amor carnal le parecían groseras, redundantes y simplonas, “parece que sólo piensa en eso” anotó al margen; a Clío, por el contrario, la historia le parecía demasiado banal, intrascendente; a Euterpe poco musical; a Polimnia poco seria; a Melpómene sin sustancia dramática, mal construida; incluso a la rubita Terpsícore, tan alegre y dicharachera por lo común, se le quitaron las ganas de bailar y reírse sin parar como tenía por costumbre. Sólo Urania, que estaba como una cabra, había dicho: “No es para tanto. Ya he visto cosas peores”; pero en conjunto, el juicio de las musas parecía definitivo e inapelable: No valía para escribir, mejor se dedicaba a otra cosa.
No intentó retenerlas. Pese a su desesperación, huían ligeras e inalcanzables; definitivamente le abandonaban. Incluso la misma Calíope, que una bella señora de ya de mediana edad, entrada en carnes, desapareció de su vista a una velocidad sorprendente.
A partir de aquel instante empezaba la larga lucha para poder recuperarlas, porque sabía que se había enamorado de todas y ya no podía vivir sin ellas. Tardaría un tiempo siempre excesivo, pero volverían con él, vaya si volvería, porque si no podría acabar por cumplirse la pesadilla recurrente que tanto le horrorizaba: pasar por este mundo sin dejar huella alguna