VIERNES
Cumpleaños de mi padre. Y de la buena de Sandra. A mi padre no le he regalado nada. ¡Qué vergüenza! Hoy es costumbre regalar libros y rosas. Y yo sólo pienso en una rosa que regalé el año pasado, por un cumpleaños. A Sandra la felicitaré después, cuando nos veamos en la comida. Iba a ir a felicitarla ahora, a su salita, pero por uno o por otro, no me decidí (Ah, sí, escuché la voz de pito de Pepi, repitiendo las tonterías de siempre, y me fui a lavar la boca –con tener que soportar su cháchara a la comida y a la cena, tengo más que suficiente-) y a la pobre Sandra, tan dulce, tan cariñosa, no la volví a ver, efectivamente, hasta la hora de comer. La felicité y, al rato, me vino a dar un beso, tan afectuosa como siempre. Estaba emocionada, le habían llovido regalos, y repartía besos a todo el mundo.
SABADO
Hoy sí hubo la tarta por el cumpleaños de Sandra, que debería haber habido ayer. Como muchos días, adelanté a Rafael en la rampa. Le dije “Hasta luego, Rafael”, o algo así. Como siempre, no me contestó (o emitió ese murmullo ininteligible, que es como si no lo hiciese). Me llega a dar miedo este chico. Su sonrisa permanente tiene algo de enigmático, incluso, amenazador. ¿De qué se ríe este hombre? Creo que nunca lo sabré. Y tras la certeza de esta ignorancia, se esconde el vértigo, una amenaza turbia y desoladora.
Sin embargo, hoy Sandra no me ha besado. Ha besado al cretino de Antonio (en la calva), ha besado a León, pero no a mí (bueno, y tampoco a nadie más, es cierto). Sin embargo este hecho me ha producido una inexplicable decepción. Todavía no se por qué.
En fin, que me he dado cuenta de lo raro que soy yo también. A lo mejor, encajo aquí mejor de lo que creía.
DOMINGO
La pantalla del ordenador sigue extrañamente virada al azul. Mañana tengo que llamar al técnico sin falta. No preveo que por la tarde vaya a salir. Tendría que llamar a Miguel, aprovechando que insistió tanto, pero ya lo llamé el viernes, y me dijo “si, pero...” Y me da rabia que me acabe considerando un pesado. Yo soy así.
He salido con mi padre, como casi todas las mañanas. Como siempre que salgo con él, pongo pañal (por miedo a que el bar al que vamos, no tenga baños accesibles. Se que “La maleta del loco”, sí los tiene, pero los demás, lo dudo, y no es cuestión de ir siempre a “la maleta...”, acabaría siendo aburrido). El caso es que esta mañana no he parado de mear, el pañal ha rebosado, y ahora me siento desagradablemente mojado, y las auxiliares de la tarde no aparecen a echarme, de momento. Y me temo que si son quienes creo, tardarán (o, a lo peor, ni vienen, y eso me obligaría mañana a protestar, ahora que he decidido alejarme lo más posible de la dirección del centro, como de la peste...).
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