LUNES
Desayuno con Rafael. Desde que es mi vecino de habitación, diría que lo conozco cada vez menos. Su permanente sonrisa me resulta más y más enigmática.
Tras responder a mi saludo con un ininteligible murmullo (como siempre) se sienta a mi lado. Su cara transmite auténtico alborozo. Parece a punto de prorrumpir en una estruendosa carcajada, pero la aborta con una mueca maléfica. Me empieza a dar miedo. De verdad. Se me ha metido en la cabeza que oculta algún secreto terrible tras su aspecto bonachón e inofensivo. De reojo, observo sus mofletes colorados en ese rostro extraordinariamente pálido, diría que enfermizo. Sólo sus coloretes, que parecen de borracho (aunque lo se, Rafael no prueba el alcohol) contrastan en esa máscara mortuoria. Se queda concentrado, pensativo. Vuelve a abrir la boca. ¿Para hablar? Imposible. Curva los labios y, lo noto, se fuerza a interrumpir esa risa que estaba a punto de escapársele. El gesto me preocupa. Parece casi de dolor. Es como si aparentase un tremendo desasosiego, una inquietud ignota y maléfica, como si este aborto le transportase al reino del demonio.
Claro que, lo más seguro, estas son sólo locuras mías.
Toda la verdad
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*«Cuando la funcionaria judicial me sonrió la mañana del juicio, supe que
estaba jodido».*
Siempre que aparece en pantalla un tribunal del «profund...
Hace 15 horas
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